De cafés

Marco general.

Dada la longitud de esta entrada, y sabiendo su diferencia de extensión con las anteriores, ubicaremos la primera parte en el prólogo y la segunda en la historia. (esperemos que los lectores que continúen leyendo de aquí para adelante o no se den cuenta, o tengan un olvido a mano para tomarlo a su favor y no como perjuicio, como suele suceder con pequeñas desgracias cotidianas de una llave, un paraguas [ya se ha discutido], y demás elementos).

Prólogo.

Situación en un café

  • Buen día señor, ¿qué tomará?
  • Lo de siempre.
  • ¿Malas decisiones?
  • Con dos de azúcar.

Va hasta el mostrador. Habla con la mujer que está detrás de la barra. Comienzan a levantar la voz. Gritan.

  • Disculpe señor, no le podemos servir eso.
  • ¿Cómo así?
  • Dice la encargada que es demasiado cliché.
  • ¿Y un café podría ser, en cambio?
  • Sí, un café sí. ¿Cortado o en jarrito?
  • ¿Y cuál sería la diferencia?
  • Que el cortado tiene una…
  • No, no. La diferencia entre el cortado y el jarrito la sé. La diferencia entre pedir malas decisiones y un café, señor simpatía.

De fondo escuchan a un forastero, porque todos los no asiduos concurrentes de los bares lo son, hablar con otro mozo. Le pide un té sin crema. Ridículo, piensan los dos personajes que miran la escena de lejos y comparten entre sí una mirada de complicidad. Todos saben ya que en este bar no hay crema.

Al levantarse el forastero indignado y dirigirse sobre sus pasos (en misma dirección pero sentido contrario), los allí-habientes lo acribillaron con las y sus miradas. Intruso.

El mozo vuelve hasta el mostrador. Habla con la mujer que está detrás de la barra. Comienzan a levantar la voz. Gritan.

Historia.

  • La diferencia es que ese diálogo del comienzo es un plagio, cualquiera puede darse cuenta.
  • Ah, claro, ¿cómo no lo he visto?
  • Es que no se puede ver, señor. Es conceptual.
  • Era una expresión. E irónica. Pero entiendo que en un diálogo escrito sea difícil entonar lo que se dice.
  • Está pronunciando mal los tres puntos suspensivos.
  • Eso es ridículo.
  • Más ridículo será usted, que lo hace mal.
  • Ahí está mejor.

Se miran. Miran para ambos costados con los ojos apenas cerrados. Se vuelven a mirar. Saben que un diálogo mal actuado es un diálogo poco creíble. Y un diálogo poco creíble los hace poco creíbles a los personajes. Es por ello que lo que está en juego siempre es más relevante para los personajes que lo actúan que para el autor que lo escribe. Por eso hay tantos diálogos mal logrados. Si el personaje fuera el encargado de escribirlos, y el autor el encargado de actuarlos, tendríamos diálogos mejor elaborados y peor actuados. Que es lo mismo.

  • ¿Acaso el café es una invención de este bar?
  • No.
  • ¿Y ud me echa en cara que pedir malas decisiones es tomar una idea ajena, pero no pedir un café? Es lo mismo.

Se miran. Se miden. 1,80 uno, 1,67 el otro. El bar los mira absorto. ¿Qué hacen estos dos especímenes midiéndose? O mejor aún, ¿qué hace un bar, como si fuera una entidad observadora, mirándolos medirse sin entender la metáfora de la expresión? O peor aún, ¿cómo se divide dicha diferencia de altura? Propongo que el primero sea 6 centímetros más alto y el segundo siete más bajo, para que sumen los 13 de diferencia. Así, podríamos no acusar a uno sólo de ser el portador de la discrepancia y repartirla entre sus dos culpables, dejando el centímetro más importante sobre el más perjudicado.

La mujer que estaba detrás del mostrador al ver la tensión que despedía semejante encuentro decide acercarse.

  • Señor, ¿cómo le va? Una cosa es pedir una idea, como su pésimo y repetido pedido primero; y otra cosa es pedir un café. Sí, la idea de café es de la misma categoría que pedir malas decisiones. Son, ambos, conceptos. Pero el café presenta su singular en cada uno de estos jarritos donde lo servimos. Así que pida algo de lo que hay en esta carta o retírese. Y deje ya de atormentar al mozo, que sólo quiere hacer su trabajo.
  • Está bien. Un café singular en jarrito. Porfa.

En el mostrador se encuentran la mujer y los dos mozos.

  • Qué día hoy…
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La Asamblea General Parágüica

Asamblea General Parágüica,

Algún aquí, ahora e intesidad determinados.

Se ha buscado plantear, de manera maliciosa y mal intencionada, la ya sabida falsa dicotomía entre forma y contenido. Perversas son esas argumentaciones que pretenden instalar aquella distinción.

Son bien actuales las dicotomías. O han sido. Tanto es así que su contemporaneidad es propiedad de la historia. Pero de la historia pasada. No de la presente. Y tampoco de la que vendrá.

Y no hay nada más viejo que la historia pasada, que siendo ya parte de la historia no puede siquiera ser contada en el presente más que como algo muerto. Esa es la contemporaneidad del pensamiento dicotómico.

Los dicotomas han dominado al pensamiento general por largos períodos de mentalidades, que es la unidad de medida de las estratagemas del pensar a lo largo y ancho del tiempo. Pero no sólo hay que batallar contra los contemporáneos, sino también contra aquellos muertos que se rehúsan a morir. Como seres inanimados conducidos por la fuerza de la historia pasada, buscan hacerse historia presente. La fuerza de las costumbres. Aquella prensa que aprieta lo cotidiano e intenta moldear el presente en sus formas pasadas.

La fuerza de los dicotomas radica no solo en la persistencia de las costumbres sino también en la facilidad que presenta el pensar en categorías estáticas y definidas. Como si el concepto no tuviera presente. O historia. Que es lo mismo.

Y víctimas como somos de los pensamientos pretéritos, o de los prensamientos, tampoco escapamos tan fácil del dicotoma de la doble dimensión. Que si bien no es un excluyente como la definición primera lo sostiene, sí es un dicotoma ampliado[1]: tiempo y espacio aparecen como el dúo necesario y exhaustivo par que una situación sea experienciable, como condición necesaria para una existencia.

Es así que esta Asamblea General propone abandonar estas limitadas, limitantes y limítrofes formas duales de pensar para añadir, de manera arbitraria y temporal (como lo es todo en el lenguaje en sí, y por tanto toda forma de conocer) una tercera dimensión a considerar: la intensidad, tal vez la más relevante de las cuatro (tiempo, espacio y el tercero excluído)[2].

Así como la individuación, que requiere un ser que sea capaz de diferenciarse del medio para constituir un yo, una individualidad, y que reconozca a un semejante para diferenciarse. O sea, una dualidad de tres aspectos. El concepto, así, tiene no sólo un aquí y un ahora, sino también una intensidad, que es la que determina la concentración de ese sustantivo experienciable.

Siendo esto así, hemos dejado los paraguas de ser filosos, por el peligro que aducían los usuarios que presentábamos para con los demás transeúntes (imagínese, lector, que hoy día ya es peligroso andar desatento un día de lluvia, por miedo a perder un ojo o similar), y agrengado poco más (un ló bien ubicado) hemos decidido ser filósofos, creyendo más en la potencia del concepto que en la acción cotidiana (mayoritariamente en los días de lluvia, muy a nuestro pesar) de los daños que podríamos realizar siendo filosos, como es el escribir eternas frases que el lector (como está siendo Ud víctima en este momento) tenga que releer unas tres o dos veces para lograr entender el sentido y la dirección del párrafo, que como (en) la física inicial, no se logra entender el punto, o la línea, o la función. Así las cosas, y con nuestra fe ciega (¿acaso hay otra?) decidimos iniciar la batalla conceptual como guía para la acción práctica.

Siendo este el orden y no otro, nos manifestamos en contra de las dicotomías lluvia/sol, frío/calor, fundamentalistas del paragua / militantes de su olvido. La conclusión necesaria de esta declaración de principios es que nos manifestamos en contra de nuestro uso (y abuso) los días de lluvia y de sol, debido a que problemas más urgentes y relevantes (e intensos) necesitan una solución, siendo mucho más relevante que un poquito de agua sobre sus cabezas y ropas [no es necesario que anden atortugados entre sus hombros cada vez que llueve, y pocos son sus efectos].

Léase, notifíquese, arremolónese y archívese.

 

La Asamblea General Parágüica.


 

Y así, la Declaración de la Asamblea General fue cajoneada y ninguneada por todos.

[1] Entiéndase como dicotoma ampliado a la conjunción de dos dicotomas dentro de uno.

[2] Sí, a los paraguas se les da mejor los filosomas que los matematos.

Sobre la Cuestión Parágüica

La lluvia a los paraguas los hace llorar. No la lluvia en sí misma, como si fuera obra de un poder místico. Sino la lluvia cuando les cae encima.

Nunca me olvidaba de olvidarme mi paraguas cuando llovía. Por eso nos llevábamos bien. O, mejor dicho, él me apreciaba. Porque uno siempre quiere a sus paraguas, lo difícil es que sea recíproco.

Imagínese usted, víctima y cómplice de estas líneas, cómo le caería alguien que lo saca a pasear sólo cuando llueve, sólo cuando se amerita una siesta. Yo también le odiaría. A usted y al clima. Pero a usted sobre todo. Y seguro que el sobre todo también. Nada personal.

Y por favor no me denuncie de mala praxis. Porque yo podría acusarlo también por lo mismo. En su caso, de no ser capaz de cumplir su rol de víctima de estas líneas y convertirse en abandonador de historias inconclusas, título no menos prometedor pero sí menos meritorio.

Pero volvamos al argumento. A los paraguas, muy distinto a lo que se cree o se intenta instaurar desde las grandes paragüeras, les gustan los días nublados y templados. Las lluvias, como decía (dijimos [decíamos]), cuando les caen encima los angustian y los hacen llorar. Algunos han sugerido que deben usarse para cubrirse del sol. Peor aún. El sol los deshidrata. Ni llorar pueden.

Es por ello que luego de la Asamblea General Parágüica, porque si hay algo que son los paraguas es organizados, y luego de establecer sus principios rectores (sí, también son principistas), se los acusó de inservibles.

La Secretaría del uso de paraguas, que depende del Ministerio del Sentido Común y las Buenas Costumbres (MSCBC), atendió los reclamos de las grandes paragüeras -que se sabe el cartel que forman de manera ilegal y nadie hace nada al respecto- y estableció que los paraguas “deben cumplimentar un fin útil y fidedigno a la sociedad, independientemente de lo que sea su voluntad, ya sea común o de la propia subjetividad de cada”.

La moraleja podría ser que cuando el lobby de las grandes empresas congenia con el Estado, poco lugar queda para las agrupaciones de base. O que no importa lo que te gusta, sino para lo que te usan. O tal vez que la lluvia no es tan grave como para andar escondiendo la cabeza entre los hombros o exponiendo a los paraguas. O, quizás, que la solución al problema humeano de la inducción es un problema conceptual. (Siempre me pareció que las moralejas daban un salto mortal al vacío en relación a la historia que las precedía y a las conclusiones a las que llegaban).

Reuniones

Era un día como cualquier otro, pero siempre más parecido a sí mismo. En la casa, Gustavo no tenía nada. En la heladera sólo había vacío. De los más vacíos: el existencial. En el freezer, en cambio, vacío y molleja.

[Es recomendable que esté presente el protagonista siempre que se escriba una historia. A su vez, más cómodo y más adecuado a las buenas costumbres. Una historia como excusa. Porque lo importante no es la historia, sino el cómo es contada. La forma.]

Siendo esto lo importante, el contenido deja de ser relevante. Es ahí cuando abandonamos la historia, que bien ha hecho en traernos hasta acá, para que ahora la forma se vuelva contenido. La forma es lo contenido por sí misma.

Por ello Gustavo se fue para el café. Esos días que eran como cualesquiera otros, pero siempre más parecidos a sí mismos, se juntaban él y otros a tener reuniones. Porque para tener reuniones siempre es necesario de un(os) otro(s). Ellos, al menos, no concebían otra forma. U otro contenido. ¿Qué ocurre cuando una fuerza imparable se encuentra con un obstáculo insuperable? Ese era el tópico del día. La solución que acordaron fue que estaríamos en un punto de reposo, y que lo que colapsaba era el concepto. Porque al final del día, lo que importan son los consensos y no la verdad. O mejor dicho, la forma de la verdad está en el consenso.

Una cosa le sorprendía, o le hacía sorprender ¿Por qué se escribe ahora todo junto? Economía de espacios. “Es espectacular”, pensaba. “O mejor dicho es pectacular, para no ser redundante de ‘es’”. Para no ser edudante.

En la repetición están los problemas. Si todas las situaciones fueran únicas, no podríamos hablar de nada. O hablaríamos de nada. Lo singular le escapa al lenguaje, al igual que la historia a lo universal.

Mientras tomaba su café, Gustavo pensaba “si la historia es circular, de nada sirven los museos”. Museos. Le sonaba a viejo. A historia muerta. Cuando volvió a la reunión el tema había dado una vuelta de 360°. Uno podría decir que entonces se encontraba en el mismo punto. Pero no, porque ese nuevo punto tenía historia. Circular, claro.

“Por fuera se parece a un zapallo. Por dentro, lo es. Por fuera hay todo lo que no es zapallo. Por dentro, todo lo que es zapallo. Lo que no queda claro es aquello que indica donde termina el zapallo y dónde empieza lo que no es”. Gustavo se sintió un poco confundido. “¿Dónde reside la zapallocidad propia del zapallo, aquello que lo convierte en tal y lo diferencia de lo otro?”

Camino a su casa, tomó un taxi. “Los antibióticos no hay que cortarlos. Los dedos tampoco. Las uñas, en cambio, sí”. Había algo en el tono del taxista que lo perturbaba. Por las dudas, pensó, no cortaré ni mis uñas ni mis dedos hoy.

Alberto Muchasiesta

Uno escribe. ¿Escribe para quién? Escribe para un otro. Y no podría ser de otra norma. Horma. Forma, perdón. Puede jamás ser leído. Puede el escribiente impedir ferozmente su lectura.

Pero si fue escrito, fue para un otro. Puede aquel extirparse las líneas como tumores. Puede expulsarlas de su cuerpo como agentes externos. Puede hacerlo como necesidad de supervivencia.

Y no importa si aquel destinatario puede llevar a cabo tamaña tarea. Como la Eterna con Macedonio. Pero el escribir, es siempre escribir para un otro.

[Sí, también vale eso. Puede ser escrito para uno mismo en otro momento. Por tanto, para un otro. No, eso no. No puede ser escrito para un nadie. Pero sí para una ausencia. Porque la ausencia no es la nada, sino la nada determinada. Una ausencia implica un otro.]

Alberto era muy particular. Tan particular que casi nada se podría decir de él. Una vez fue a un café. Pidió un té sin crema. Imposible. Aquí no tenemos crema. El bar que tiene crema es el de mitad de cuadra. Le dijo el atendiente, claro. Extrañado, rascó su cabeza. Pero era verdad.

Se encaminó hacía el susodicho bar. Tomó asiento cerca de una ventana. Pero no terminó porque no quería beber más.

-Buenos días, ¿cuál es su nombre?

-Alberto Muchasiesta.

-Mucho gusto.

-No. Muchasiesta. Buenas tardes.

Y se fue. No podría permitir tal arrebato. Suficiente había aceptado ya con el tener que encontrar un lugar que tenga crema para poder pedir su té.

Volvió al lugar primero donde comenzó esta historia. Él quería un té sin crema, pero sabía que en ese lugar no existía tal cosa. Entonces tuvo una ocurrencia que tangenciaba su mundo y el del atendiente, un punto en común en el que podían armonizar sus trastornos.

Se enfrentó nuevamente al atendiente, pero esta vez le dijo fuerte y claro “buenos días, tomaré un té” y por lo bajo refunfuñó para un costado “sin crema”. ¿Cómo dijo?. Como escuchó. Pero no le entendí la última… Como escuchó, y me declaro indigno para repetirlo otra vez de forma primera. El atendiente obviamente no entendió ni el susurro ni lo último, pero mucho problema no se hizo. Y le trajo su té sin crema.

Una vez terminado, Alberto se sintió muy cansado. No es menor tomar un té que sea capaz de reunir tamaña tensión, que sea el frágil punto en común de dos mundos mutuamente excluyentes. Fue Alberto el inaugurador de toda una tradición filosófica, que devino luego en las aventuras del gato en la caja. El primer té a secas y sin crema a la vez. Es así. Puede haber sido verdad sin ser cierta.

Uno duerme la siesta. ¿Duerme la siesta para quién? Duerme la siesta para un otro. Y no podría ser de otra norma. Horma. Forma, perdón. Puede jamás ser sabido. Puede el duermesiestente impedir ferozmente su darse a conocer.

Pero si ha dormido la siesta, fue para un otro.

Breve historia con y sin Cristóbal

Tenía buena suerte. Salvo cuando no la tenía. Porque sólo se puede tener buena suerte cuando se tiene, y jamás cuando no. No se ha visto a nadie que, teniendo mala suerte, haya tenido buena suerte, en ese mismo momento y circunstancia. Excedería la paradoja, para habitar la imposibilidad.

Cristóbal era de esos. Jamás era lo que aparentaba. Simplemente porque no se puede ser lo que se aparenta. Y en esto soy rotundo.

Para ser más claros aún: se es que lo que es, y se aparenta lo que se aparenta.

Decir que Cristóbal no es lo que parece es volver a la escuela esencialista. A menos que el tiempo surja como una necesidad, y digamos que algo puede ser de una forma en determinado aspecto o momento, y luego ser otra. Devenir. Que viene de venir, y quiere decir algo así como cambiar. Porque si venís, no importa tanto la llegada sino el camino. Y ese camino no es otra cosa que la historia. El concepto de devenir, es concepto de venir, o venir al concepto, lo que deviene en concepto, porque viene de ahí. El concepto sin historia es simplemente una noción; y la historia entra en juego con la dimensión temporal de la cuestión. A Cristóbal todo esto le parecía confuso. Y no sabía muy bien qué sentido tenía.

Pero la historia de Cristóbal es una excusa. Sólo sirve para escribir una historia y marcar un punto. Y ni siquiera. Porque todo escribir no es más que un re-escribir. No es otra cosa que la condensación de un cúmulo de historias, circunstancias, creencias en el cuerpo de un cualquiera.

El condensar no es otra cosa que hacerse carne. No le queda otra a aquel cualquiera en el que se condensó tamaño cúmulo, que arrancarse la piel y arrojarla en una hoja. Sólo por necesidad. Y, también, con un leve deje de indiferencia. Porque esa carne es y no es la propia.

Toda historia es una reconstrucción, y toda reconstrucción necesita un principio rector, un concepto organizador que permita diferenciar lo esencial de lo accesorio. Que permita hilvanar los hechos en un relato ordenado; que haga confesar a los datos aquello que recelosamente esconden. Mas nadie pudo nunca hacerle decir a un dato la verdat. Por más diversas que hayan sido las estrategias y las torturas, la ambigüedad de sus declaraciones permitían un sinfín de historias.

Acaso la máquina de Macedonio Fernández no era más que una sala donde un intérprete ordenaba el sinnúmero de historias posibles según cada declaración del oráculo.

El fin del historiador no es el de la verdat, sino el del orden, la coherencia y la reconfiguración conceptual. En cierto sentido, somos todos historiadores. En el sentido cierto.

Acaso el psicoanálisis vino a retomar la tradición germánica del héroe bárbaro y puso al individuo singular como protagonista de su propia historia, de su propia tragedia. Le permitió así al sujeto en cuestión abandonar el mundo que lo ignora, para el cual es indiferente, para habitar un drama, su propio drama. Como una vía para escapar de esa sensación de extrañamiento al no poder identificarse en su acción cotidiana. ¿Cuál es el límite en el que la historia singular se funde con la general, con su contexto, y con su necesidad de ser contemporáneo de sí mismo?

Cristóbal dejó de escribir. Lo releyó. Ni le encontró sentido ni le importó. Pero se sentía más libre. Al menos en cierta forma. En incierta forma, no. Casi involuntariamente se tocó la espalda cruzando el brazo, como esperando tocar una cicatriz. Se preparó algo para comer y siguió con lo suyo.

Reminiscencias de la Eterna

Esa idea de inventar un lenguaje sin historia. No era de él, pero tampoco de otro. Las ideas son, no tienen propiedad. O exclusividad. Uno se puede adueñar de alguna, puede (re)interpretarla, puede hacerla carne en sí mismo. Pero no puede ejercer un título de propiedad alguno. Simplemente porque las ideas fueron pensadas bajo otra cosmovisión, que es el cosmoven la realidad los individuos de los que hablamos. Ese marco de referencia, caldo de cultivo del sentido común. Como si fuera un sentido.

Esa idea, volviendo a lo que nos atañe, de un lenguaje sin historia, le había quitado el sueño. Sin haberse dado cuenta, se le escurrió entre los pensamientos y se fue propagando hasta hacerse sentir en las tripas (esas donde cada uno siente). Porque el volver, como el lenguaje, necesita historia. El volver implica memoria. Sino es simple ir. El camino también. Sino es una sucesión de aquís y ahoras inconexos. Como cuando inventamos causalidades, para hacer a un relato más bonito. O para tener relato.

Porque es la historia la que nos da identidad. Cuando uno se presenta, ¿Qué dice? ¿Qué elige decir? Soy yo, que no es poco. Tener tamaña certeza.  Aunque parezca que no aporte nada. Pero de tautologías se alimentan los lógicos, y no la gente de a pie. ¿Y qué hacés? Ya está. Te exigen un relato. ¿A qué nosotros pertenecés? Te exigen un algo común. ¿Quiénes? Ellos. Nosotros. Vos. Lo que permite que existan esas multiplicidades, y que uno se pueda pensar singular. Pero tampoco tanto. Sin ese común no hay encuentro, no hay reunión. La verdad de lo singular es la soledad. Lo que atrae es lo común.

Y si volvemos, sabiendo que el volver es un transitar con memoria, y sabiendo que la experiencia es memoria viva, a lo que nos atañe, podríamos cuestionar de inventar un lenguaje que no la tenga. ¿Por qué alguien querría hacerlo? Otra vez la necesidad de un relato.

Sólo alguien con esa aguda visión y esa singular forma de cosmover el mundo podría haber acuñado tamaña idea. Que luego, como ya sabemos, se propaga donde encuentra un terreno fértil. La Eterna se había ido. Lo había dejado. Nada pudo hacer, a pesar de su conocimiento, para reternerla, para sanarla. Y se fue de la manera más desgarradora: quedándose. Quedándose en el único lugar donde podía estar, y donde era tal vez imposible sacarla.

Sabía que al extirparla de ahí corría peligro. Podía dejar de ser. Porque un individuo sin historia es un individuo ausente, fantasma. Son viejas conocidas las aventuras del que fue Mattia Pascal. Desdichado él, que en su creencia de estar libre de toda cadena, de todo pasado, se encontró preso por no ser contemporáneo de sí mismo. O no ser contemporáneo a secas.

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La presencia de la Eterna en su historia le resultaba insoportable. Por eso buscaba un lenguaje sin historia, que no lo haga recordarla al fin de cada palabra, en el medio de cada oración. Tal vez esa esperanza pueda resumirse en ese fragmento que le escribió a uno de sus discípulos: “Emancipémonos de los imposibles, de todo lo que buscamos y creemos a veces que no hay, y peor aún, que no puede haber”.

No sé cuándo acabaron sus esfuerzos. O si siguieron hasta perpetuarse en un recuerdo. Pero si hay algo que es seguro es que un lenguaje inmóvil, impoluto, sin historia es un lenguaje muerto. Como el ser.

-A qué hora te espero?

-A las azul en punto. Como siempre.

Faltando botamangas para las en punto ya estaba ansioso.

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