Otra sopa vez

Revuelve otra vez la sopa. La mira. El remolino que se genera lo convoca, lo llama. Abstraído, mirando fijo, la idea de ser lo suficientemente pequeño como para tirarse ahí y dejarse llevar le retumba.

Soltarse, dejarse llevar. O que el contexto sea la guía. Sin oponer resistencias. Todo eso le parecía una tontería. ¿Qué lugar quedaba para su libido, para su voluntad en esa situación?

Sirvió la sopa en dos platos hondos. El lugar estaba tranquilo. Los llevó a la mesa, donde dos esperaban.

-Traete un plato más y acompañanos- sugirió.

Lo pensó un momento. La invitación lo había descolocado. Miró a su alrededor. Pensó en su rol de servidor y, un poco cansado ya de la impersonalidad, decidió tomar el ofrecimiento. Estaba cansado de que su relación diaria con aquellos que asistían allí estaba mediada a partir de cosas. Y el precio era la expresión de esa mediación. Esa impersonalidad, y lo efímero de esa relación, lo dejaba al final del día con una sensación de soledad que crecía paulatinamente.

Al final del día, pensaba, nada queda. Sólo la necesidad de descansar para hacer exactamente lo mismo al día siguiente, para terminar con la misma sensación, con la misma angustia.

Hace un tiempo, pensando en su angustia, había comenzado a ponerle más de sí a los platos. Ya que a partir de ellos será la relación, entonces en la medida en que más estuviera presente, pensaba, podría tener una relación más personal, singular.

Como era de esperarse, nada de esto pasó. Que haya sido un lugar concurrido por gente de paso no ayudaba mucho. El precio como relación social. Le costaba pensarlo así. Siempre tuvo la impresión de que el precio se determinaba en el Mercado, con todo lo que aquello significara. Pero jamás pensó que él tenía un rol en todo eso. Aunque sea mínimo.

Será que es cuestión de aprender a lidiar con la falta, con la ausencia, pensaba. Será que en el encuentro con otro también hay un encuentro con uno mismo, y una forma de lidiar con ello. Aunque más que haber, existe la posibilidad de que haya. O tal vez sea que cada encuentro con otro permite generar espacios singulares, que pueden tener algunos límites más o menos marcados, definidos, distantes. Será que en la búsqueda de cómo resolver la falta, una alternativa es poder generar, en ese espacio, un algo que lo apacigüe.

Sirvió otro plato y se arrimó con los forasteros, que continuaron su conversación como si nada acontecido hubiera.

-Cuando uno ofrece un cafecito en lugar de un café, no es el tamaño del café lo que está en juego. No hace referencia a una propiedad material, en su dimensión extensiva. Simnifica otra cosa. Simnifica que eso, como concepto, es la expresión de una relación social.

-Pero lo que estás marcando, sino logro entender de manera errada, es que…

En ese momento, se dio cuenta de que no quería escribir esa línea de diálogo. Pero ya lo había hecho. ¿Qué sentido tenía, entonces, borrar? Como si no hubiese ocurrido, como si no hubiese salido de él. A veces uno mismo construye sus calles sin salida, y los recovecos de sus propios laberintos. Y no sólo debe lidiar con sus fantasmas, sino también con sus enrosques sin salida.

Por eso sus personajes estaban disconformes. No había previsión, ni planificación. Y si bien la pura espontaneidad les daba la ilusión de existir en vivo, también les daba la inseguridad de que una jugarreta de su cerebro o de su inconsciente derive en un camino sin salida de su laberinto. Presonajes.

Y como se sabe, de los laberintos se sale desde arriba. Lo que implica romper con la historia, con la atmósfera generada, que le da más aires de realidad a los presonajes, que les da esa ilusión de ser. De parecer reales. Porque lo que parece, por definición, no es. Nada es lo que parece encierra la tautología más evidente: lo que parece, sólo parece; no es.

La persona de la sopa mira incrédula la situación. De un momento a otro, ambos comensales se paralizaron y una voz en off comenzó a discutir consigo misma. Esa misma voz que lee esto para sus adentros, lector de estima. Mientras persona, por algún privilegio que desconocía (tal vez por ser considerado el personaje principal), algunas dimensiones del relato no lo afectaban.

Se quedó pensando sobre la dimensión social de aquello que parecía ser propiedad del objeto. Recordó que si parecía, no podía ser. También recordó cuánto se molestaba cuando era tan apegado a las definiciones. Intentó retomar el pensamiento del café. Como si el café pensara. Es difícil marcar la diferencia entre metáfora y literalidad en el habla. Sobre todo porque no existe.

La única forma de volver a tener realidad, insistió, era convencer al lector de que lo que ocurre en el relato es real, de guiarlo para que entre en atmósfera. La condensación de esa concentración permite que personaje y contexto tomen densidad, relieve. Presonaje crece, forma su propia identidad. Intenta cambiar la ubicación de la r. Amenaza a emanciparse, a ser más allá del autor. Y para este propósito (y no es de mi conveniencia decir esto), su rol, lector de estima (y de estas líneas), es fundamental. Sí, el suyo, querido lector, si es que sigue ahí. Ud es la condición de posibilidad de subsistencia del personaje para cuando me aburra, me canse, o simplemente me vaya. Y si bien los personajes me odian con estas digresiones, esta vez les juegan a favor.

Dicho esto, para reforzar la responsabilidad del lector persistente, que insiste en seguir con esta lectura (dejo la frase ahí y comienzo otra, sabrán comprender). En cambio, el lector intermitente tal vez se haya librado de tal culpa y cargo, ya sea por desmemoriado en su retorno a la lectura, ya sea por su salteo en los párrafos.

Cuando me piden un cafecito, volvía, no me están pidiendo un café pequeño, es cierto. No es el tamaño del café lo que está en juego. Entonces, si no responde a las propiedades físicas, ¿qué es lo que se pone en juego? ¿A qué hace referencia ese diminutivo? ¿Será que la reducción desde lo discursivo pero no desde lo material, permite un mantener y un cambiar a la vez?

Un mantener, porque el café y el cafecito hacen referencia a la misma materialidad. Y un cambiar, porque el discurso, mediante el diminutivo, se apacigua, se suaviza. Tiene que ser eso. Como si el diminutivo disminuyera la imposición del pedido, en lugar de disminuir el tamaño del café, a pesar de caer sobre éste y no sobre aquel. Ese es el problema de la literalidad: que las palabras no corresponden únicamente a un objeto en sí. Sino que son expresión de una relación social, de una relación de un uno con, al menos, un otro.

Se levantó, volvió a la cocina, sirvió dos cafés, los dejó en la mesa y esperó de mala gana que le paguen.

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Espejos

A Gustavo le gustaban los días de lluvia. Tenía la certeza de lo que debía hacer. Una silla que dé a la ventana, un té, alguna música melancólica. Los lugares comunes le sentaban bien. Veía la lluvia caer. No sabe hacer otra cosa, pensaba. Bueno, también sabe mojar. No le parecía un gran mérito. No es que haya hecho algo para que eso ocurra.

A veces le gustaba ese silencio. El que no había, claro, porque lo tapaba con música. Con música que no escuchaba, porque en realidad se colgaba pensando. Pero estaba esa necesidad de contexto. Será que en verdad no lo soportaba.

Otras, buscaba un yo auxiliar. Un yo que le haga de espejo. Un espacio de reflexión. Pero, ¿cuánto del otro hay en ese espejo?

El problema de las metáforas es cuando uno sobrepasa el punto que se busca esclarecer y la literalidad del ejemplo pone en jaque la situación inicial. Por eso la imagen del yo auxiliar a Gustavo no le cerraba. ¿Acaso necesitaba un vidriero, pasivo, que venga a sostener un espejo? ¿O acaso necesitaba un pintor, que dibuje su Dorian Gray?

Pero ese no era el punto. El punto era que, con ese otro significativo, se pueda armar un espacio, un contexto, donde ahí se forme ese espejo. Que, en realidad, más que espejo, fuera un lugar donde expresar esas singularidades.

La lluvia seguía haciendo lo propio. Gustavo también.

 

 

Breve comentario

Nos movemos. Constantemente. Transformamos cosas. Comemos algo. Lo transformamos en energía. Metabolismo, que le dicen. Producimos algo. Lo distribuimos. Metabolismo social. Agarramos piedras. La convertimos en esmeralda. Sólo con cruzar Rivadavia.

Tiene que a ver (ah, ver) un principio rector. Algo así como que nada se pierde, todo se encuentra. Aunque sea en otras formas. Acudiré aquí al lector: imagine Ud la historia que puede dar cuenta de contener estas líneas. Cada historia es una excusa para escribir una idea. Ya suficientes problemas tengo yo para que se me caiga alguna como para encima tener que lidiar con una historia que lo atrape tanto al lector que lo convierta en víctima. Que deba leer hasta el último sinsentido. Que se asquee de la literalidad de las metáforas y descubra las mieles de habitar el lenguaje.

Menuda pretensión. Más carga sobre sus espaldas, porque mis pretensiones combinadas con mis limitaciones la obligan a Ud a ser más ingeniosa en su historia. Y preste atención a la psicología de los personajes. Una mala construcción de un personaje pone en vilo hasta la historia más verosímil. Y si el personaje es de vivir, recuerde que un retrato realmente bueno se parece más a la persona retratada que a la persona misma.

Recuerde que todo es arbitrario, pero nada azaroso. Y el espectro que queda entre medio es por el que solemos andar. Espectros. El pasado que se rehúsa a ir.

Hasta aquí llego yo hoy. Recuerde tomar el lápiz y continuar la historia. Espero las recomendaciones le sean gratas. Buenas tardes.

El hombre no cultural

El encuentro se había postergado mucho. Era necesario que se vieran ese mismo día. Los misterios del hombre no cultural habían llevado a las investigaciones a los lugares más recónditos. Y oscuros…

Se encontraron en el café de los matemas, a la hora de siempre. Pidieron un café cada uno, porque se sabía que a ninguno de los dos le gustaba. No había mejor forma, creían, de despistar a la orden sacramental.

Hay dos formas de esconder algo: o esforzarse para pensar el último rincón donde podría ser buscado, o dejarlo tan en evidencia que lo obvio sea su manto encubridor.

Por ello su idea les parecía brillante: reunirse en el bar de siempre (donde todos usan las medias tres cuartos), a la hora de siempre, en la mesa más visible. Pero el pedir café, creían, era una alteración de la realidad lo suficientemente sutil y grotesca como para que, por absurda, pareciera irreal.

Sabían el minucioso trabajo que hacía la orden. Cada caso que abordaban incluía una reconstrucción exacta de cada escena. Era la persistencia de la costumbre la que hacía que sus perseguidos terminaran entregándose de manera voluntaria pero inconsciente.

Ese café, habían reflexionado el día anterior, será el detalle que derrumbe la reconstrucción de la orden. Ese pequeño hecho contradictorio implosionaría  en el medio de su idiosincrasia.

-¿Cómo estás?

-Tuve un sueño perturbador. Soñé que era una tortuga que cargaba un espejo en el caparazón. Todos mis conocidos se reflejaban en mí.

-¿Vos creés que lo hemos llevado muy le…?

-No lo sé, -interrumpió-. Pero no soporto la idea de ser un reflejo de lo que me rodea.

-Tengo avances importantes que contarte…

De golpe, el bar se estremeció. Por un momento su mesa absorbió toda la tensión en el ambiente, hasta que siguieron disimulando como si nada pasara.

-…pero charlemoslo en el laboratorio.

-¿Desean pedir algo más?

-Eeh… No, la cuenta por favor.

-¿Me recuerda su pedido?

-Dos te-….

-Dos cafés – interrumpió bruscamente.

En los ojos del barista se vislumbró un leve destello de complicidad.

-Al final – le dijo el día siguiente al que atendía la caja -, todos terminan cayendo.

Lo natural

Lo había visto en la tele, en un documental. El tigre caza porque es su naturaleza. Es natural. Lo entendía. Es más, le parecía obvio. ¿Qué otra cosa, a parte de la naturaleza y sus instintos innatos podría gobernar la voluntad del tigre?

Hay una gacela. Ahí. Había una gacela. Si hubiera habido un conejo, sería un ex conejo. Si habría, en cambio, un condicional, ¿quién lo usaría adecuadamente? Ni la tigre, ni yo. No porque no quiera, sino porque no está en mi naturaleza. Lo siento, no vine con esa configuración.

O al menos él lo creía así. Si al tigre le pasa, ¿por qué no a otros del feudo animal? Lo había visto en un documental. Y lo había confirmado en internet. Me parece suficiente carga de verdad como para dar por cierto algo. O al menos a él le parecía así. ¿Y qué más da? Él, no sé. Tal vez dé algo más. El problema de la literalidad es cuando se la toma como metáfora. Menuda resaca para aquel que se lo bebe tan a pecho.

O cuando se entiende un sentido literal de la literalidad sin dar cuenta de que eso es lo metafórico. La palabra, como categoría, es en sí misma metáfora. Y cuando queremos señalar lo puramente singular, o se calla o se dice algo totalmente incomprensible. Dentro de lo singular no queda nada. O sólo un también de propiedades, mas estas son lo común.

Lo natural. La naturaleza, como sujeto. La armamos. Le damos individualidad. La culpamos. Ella (¿ella?) le hace hacer a lo que gobierna, lo que se le antoja.

El tigre hizo eso por la (su) naturaleza. Porque ahora naturaleza es también sujeto también propiedad. De la tigre en este caso, y la que guía su acción. Le exime de culpa y cargo. ¿Y la gacela? Asesinada. Pero fue su naturaleza. No es ella la culpable, sino la propiedad que en el tigre se encuentra y se hace carne.

La tigre está apenada, no quiere haber matado a la gacela. Hasta le resultaba simpática. Y ese no querer haber matado se traduce en culpa. Quisiera renunciar a su naturaleza. No se la aceptan. Dicen que si el tigre renuncia a su naturaleza, renuncia a sí mismo. No queda tigre por fuera de su naturaleza.

Pero el hecho de haber matado lo aterra. Quiere sacarse esa propiedad de sí. Teme que su culpa le haga ir en contra de su naturaleza. De sí mismo…

Apaga la tele. Los programas de ese canal a la madrugada, piensa, siempre terminan con cosas raras. Son antinaturales. ¿Por qué la saña, tan lejos del ius-naturalismo que hemos quedado? No lo sabe. Ni le interesa, ni lo ha ido a buscar.

Pero por más vieja que sea, sigue presente y vigente. Y su vigencia se da en su operabilidad: actúa de facto sobre el sentido común. Forma opiniones y juicios de valor. Naturalmente.

Activa el despertador. Mañana será un día largo. Una lástima cambiar horas de sueño por ese video documentado. Si fuera gacela, mañana no estaría tan atenta. Pero, tal vez, piensa, siendo el tal vez lo que piensa y no que tal vez piense, que si la tigre se ocupara de sus problemas de identidad, hasta pudiera ser que mañana no necesite correr, y se pueda ocupar de sus cursos de lengua, donde estaba aprendiendo a usar el condicional.

De cafés

Marco general.

Dada la longitud de esta entrada, y sabiendo su diferencia de extensión con las anteriores, ubicaremos la primera parte en el prólogo y la segunda en la historia. (esperemos que los lectores que continúen leyendo de aquí para adelante o no se den cuenta, o tengan un olvido a mano para tomarlo a su favor y no como perjuicio, como suele suceder con pequeñas desgracias cotidianas de una llave, un paraguas [ya se ha discutido], y demás elementos).

Prólogo.

Situación en un café

  • Buen día señor, ¿qué tomará?
  • Lo de siempre.
  • ¿Malas decisiones?
  • Con dos de azúcar.

Va hasta el mostrador. Habla con la mujer que está detrás de la barra. Comienzan a levantar la voz. Gritan.

  • Disculpe señor, no le podemos servir eso.
  • ¿Cómo así?
  • Dice la encargada que es demasiado cliché.
  • ¿Y un café podría ser, en cambio?
  • Sí, un café sí. ¿Cortado o en jarrito?
  • ¿Y cuál sería la diferencia?
  • Que el cortado tiene una…
  • No, no. La diferencia entre el cortado y el jarrito la sé. La diferencia entre pedir malas decisiones y un café, señor simpatía.

De fondo escuchan a un forastero, porque todos los no asiduos concurrentes de los bares lo son, hablar con otro mozo. Le pide un té sin crema. Ridículo, piensan los dos personajes que miran la escena de lejos y comparten entre sí una mirada de complicidad. Todos saben ya que en este bar no hay crema.

Al levantarse el forastero indignado y dirigirse sobre sus pasos (en misma dirección pero sentido contrario), los allí-habientes lo acribillaron con las y sus miradas. Intruso.

El mozo vuelve hasta el mostrador. Habla con la mujer que está detrás de la barra. Comienzan a levantar la voz. Gritan.

Historia.

  • La diferencia es que ese diálogo del comienzo es un plagio, cualquiera puede darse cuenta.
  • Ah, claro, ¿cómo no lo he visto?
  • Es que no se puede ver, señor. Es conceptual.
  • Era una expresión. E irónica. Pero entiendo que en un diálogo escrito sea difícil entonar lo que se dice.
  • Está pronunciando mal los tres puntos suspensivos.
  • Eso es ridículo.
  • Más ridículo será usted, que lo hace mal.
  • Ahí está mejor.

Se miran. Miran para ambos costados con los ojos apenas cerrados. Se vuelven a mirar. Saben que un diálogo mal actuado es un diálogo poco creíble. Y un diálogo poco creíble los hace poco creíbles a los personajes. Es por ello que lo que está en juego siempre es más relevante para los personajes que lo actúan que para el autor que lo escribe. Por eso hay tantos diálogos mal logrados. Si el personaje fuera el encargado de escribirlos, y el autor el encargado de actuarlos, tendríamos diálogos mejor elaborados y peor actuados. Que es lo mismo.

  • ¿Acaso el café es una invención de este bar?
  • No.
  • ¿Y ud me echa en cara que pedir malas decisiones es tomar una idea ajena, pero no pedir un café? Es lo mismo.

Se miran. Se miden. 1,80 uno, 1,67 el otro. El bar los mira absorto. ¿Qué hacen estos dos especímenes midiéndose? O mejor aún, ¿qué hace un bar, como si fuera una entidad observadora, mirándolos medirse sin entender la metáfora de la expresión? O peor aún, ¿cómo se divide dicha diferencia de altura? Propongo que el primero sea 6 centímetros más alto y el segundo siete más bajo, para que sumen los 13 de diferencia. Así, podríamos no acusar a uno sólo de ser el portador de la discrepancia y repartirla entre sus dos culpables, dejando el centímetro más importante sobre el más perjudicado.

La mujer que estaba detrás del mostrador al ver la tensión que despedía semejante encuentro decide acercarse.

  • Señor, ¿cómo le va? Una cosa es pedir una idea, como su pésimo y repetido pedido primero; y otra cosa es pedir un café. Sí, la idea de café es de la misma categoría que pedir malas decisiones. Son, ambos, conceptos. Pero el café presenta su singular en cada uno de estos jarritos donde lo servimos. Así que pida algo de lo que hay en esta carta o retírese. Y deje ya de atormentar al mozo, que sólo quiere hacer su trabajo.
  • Está bien. Un café singular en jarrito. Porfa.

En el mostrador se encuentran la mujer y los dos mozos.

  • Qué día hoy…

La Asamblea General Parágüica

Asamblea General Parágüica,

Algún aquí, ahora e intesidad determinados.

Se ha buscado plantear, de manera maliciosa y mal intencionada, la ya sabida falsa dicotomía entre forma y contenido. Perversas son esas argumentaciones que pretenden instalar aquella distinción.

Son bien actuales las dicotomías. O han sido. Tanto es así que su contemporaneidad es propiedad de la historia. Pero de la historia pasada. No de la presente. Y tampoco de la que vendrá.

Y no hay nada más viejo que la historia pasada, que siendo ya parte de la historia no puede siquiera ser contada en el presente más que como algo muerto. Esa es la contemporaneidad del pensamiento dicotómico.

Los dicotomas han dominado al pensamiento general por largos períodos de mentalidades, que es la unidad de medida de las estratagemas del pensar a lo largo y ancho del tiempo. Pero no sólo hay que batallar contra los contemporáneos, sino también contra aquellos muertos que se rehúsan a morir. Como seres inanimados conducidos por la fuerza de la historia pasada, buscan hacerse historia presente. La fuerza de las costumbres. Aquella prensa que aprieta lo cotidiano e intenta moldear el presente en sus formas pasadas.

La fuerza de los dicotomas radica no solo en la persistencia de las costumbres sino también en la facilidad que presenta el pensar en categorías estáticas y definidas. Como si el concepto no tuviera presente. O historia. Que es lo mismo.

Y víctimas como somos de los pensamientos pretéritos, o de los prensamientos, tampoco escapamos tan fácil del dicotoma de la doble dimensión. Que si bien no es un excluyente como la definición primera lo sostiene, sí es un dicotoma ampliado[1]: tiempo y espacio aparecen como el dúo necesario y exhaustivo par que una situación sea experienciable, como condición necesaria para una existencia.

Es así que esta Asamblea General propone abandonar estas limitadas, limitantes y limítrofes formas duales de pensar para añadir, de manera arbitraria y temporal (como lo es todo en el lenguaje en sí, y por tanto toda forma de conocer) una tercera dimensión a considerar: la intensidad, tal vez la más relevante de las cuatro (tiempo, espacio y el tercero excluído)[2].

Así como la individuación, que requiere un ser que sea capaz de diferenciarse del medio para constituir un yo, una individualidad, y que reconozca a un semejante para diferenciarse. O sea, una dualidad de tres aspectos. El concepto, así, tiene no sólo un aquí y un ahora, sino también una intensidad, que es la que determina la concentración de ese sustantivo experienciable.

Siendo esto así, hemos dejado los paraguas de ser filosos, por el peligro que aducían los usuarios que presentábamos para con los demás transeúntes (imagínese, lector, que hoy día ya es peligroso andar desatento un día de lluvia, por miedo a perder un ojo o similar), y agrengado poco más (un ló bien ubicado) hemos decidido ser filósofos, creyendo más en la potencia del concepto que en la acción cotidiana (mayoritariamente en los días de lluvia, muy a nuestro pesar) de los daños que podríamos realizar siendo filosos, como es el escribir eternas frases que el lector (como está siendo Ud víctima en este momento) tenga que releer unas tres o dos veces para lograr entender el sentido y la dirección del párrafo, que como (en) la física inicial, no se logra entender el punto, o la línea, o la función. Así las cosas, y con nuestra fe ciega (¿acaso hay otra?) decidimos iniciar la batalla conceptual como guía para la acción práctica.

Siendo este el orden y no otro, nos manifestamos en contra de las dicotomías lluvia/sol, frío/calor, fundamentalistas del paragua / militantes de su olvido. La conclusión necesaria de esta declaración de principios es que nos manifestamos en contra de nuestro uso (y abuso) los días de lluvia y de sol, debido a que problemas más urgentes y relevantes (e intensos) necesitan una solución, siendo mucho más relevante que un poquito de agua sobre sus cabezas y ropas [no es necesario que anden atortugados entre sus hombros cada vez que llueve, y pocos son sus efectos].

Léase, notifíquese, arremolónese y archívese.

 

La Asamblea General Parágüica.


 

Y así, la Declaración de la Asamblea General fue cajoneada y ninguneada por todos.

[1] Entiéndase como dicotoma ampliado a la conjunción de dos dicotomas dentro de uno.

[2] Sí, a los paraguas se les da mejor los filosomas que los matematos.

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