La importancia de llamarse Ernesto

La recurrencia. Otra vez. Como si fuera autocontenida. Me siento. El gato fija su mirada en mí. Nos miramos.

“La importancia de llamarse Ernesto”. Lo había encontrado en varios lugares, pero no se había atrevido siquiera a abrirlo. Tal vez porque le gustaba más lo que le sugería que el riesgo de ver qué decía realmente. Lo que tiene de especial lo recurrente es que no le alcanza con ocurrir, sino que debe reincidir. Obvio.

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Specchi

“A posto” dice, e mi guarda. Sul suo viso c´è un sorriso genuino, dolce. Mi guarda, come sapendo cose che io non so. Come sapendo meglio di me che io ero a posto.

Ma ero a posto? Io pensavo di no. I problemi del quotidiano, la scomodità del lavoro, i litigi con la famiglia per la politica…

La piccolina mi guardava. Lá, da solo, mangiando qualcosa. Perchè non dovrebbe essere tutto a posto? E sì, aveva ragione. Ma ancora più vero era che quello non lo pensava lei, ma lo pensavo io di lei.

Magari lei pensava un’altra cosa, o lo stesso: non c’entra. L’importante è che io pensavo a lei per guardare me stesso. Quello specchio ero io pensando come una ragazzina di tre anni.

Come quel sogno dove ho incontrato quella tartaruga gigante, con uno specchio sulla schiena. Così, tutti quelli che la guardavano guardavano se stessi. Compito a volte difficile, se sai cosa voglio dire. Quando vediamo noi stessi, da fuori, cosa facciamo? Magari Medusa era così.

Otra sopa vez

Revuelve otra vez la sopa. La mira. El remolino que se genera lo convoca, lo llama. Abstraído, mirando fijo, la idea de ser lo suficientemente pequeño como para tirarse ahí y dejarse llevar le retumba.

Soltarse, dejarse llevar. O que el contexto sea la guía. Sin oponer resistencias. Todo eso le parecía una tontería. ¿Qué lugar quedaba para su libido, para su voluntad en esa situación? Más

Espejos

A Gustavo le gustaban los días de lluvia. Tenía la certeza de lo que debía hacer. Una silla que dé a la ventana, un té, alguna música melancólica. Los lugares comunes le sentaban bien. Veía la lluvia caer. No sabe hacer otra cosa, pensaba. Bueno, también sabe mojar. No le parecía un gran mérito. No es que haya hecho algo para que eso ocurra.

A veces le gustaba ese silencio. El que no había, claro, porque lo tapaba con música. Con música que no escuchaba, porque en realidad se colgaba pensando. Pero estaba esa necesidad de contexto. Será que en verdad no lo soportaba.

Otras, buscaba un yo auxiliar. Un yo que le haga de espejo. Un espacio de reflexión. Pero, ¿cuánto del otro hay en ese espejo?

El problema de las metáforas es cuando uno sobrepasa el punto que se busca esclarecer y la literalidad del ejemplo pone en jaque la situación inicial. Por eso la imagen del yo auxiliar a Gustavo no le cerraba. ¿Acaso necesitaba un vidriero, pasivo, que venga a sostener un espejo? ¿O acaso necesitaba un pintor, que dibuje su Dorian Gray?

Pero ese no era el punto. El punto era que, con ese otro significativo, se pueda armar un espacio, un contexto, donde ahí se forme ese espejo. Que, en realidad, más que espejo, fuera un lugar donde expresar esas singularidades.

La lluvia seguía haciendo lo propio. Gustavo también.

 

 

Breve comentario

Nos movemos. Constantemente. Transformamos cosas. Comemos algo. Lo transformamos en energía. Metabolismo, que le dicen. Producimos algo. Lo distribuimos. Metabolismo social. Agarramos piedras. La convertimos en esmeralda. Sólo con cruzar Rivadavia.

Tiene que a ver (ah, ver) un principio rector. Algo así como que nada se pierde, todo se encuentra. Aunque sea en otras formas. Acudiré aquí al lector: imagine Ud la historia que puede dar cuenta de contener estas líneas. Cada historia es una excusa para escribir una idea. Ya suficientes problemas tengo yo para que se me caiga alguna como para encima tener que lidiar con una historia que lo atrape tanto al lector que lo convierta en víctima. Que deba leer hasta el último sinsentido. Que se asquee de la literalidad de las metáforas y descubra las mieles de habitar el lenguaje.

Menuda pretensión. Más carga sobre sus espaldas, porque mis pretensiones combinadas con mis limitaciones la obligan a Ud a ser más ingeniosa en su historia. Y preste atención a la psicología de los personajes. Una mala construcción de un personaje pone en vilo hasta la historia más verosímil. Y si el personaje es de vivir, recuerde que un retrato realmente bueno se parece más a la persona retratada que a la persona misma.

Recuerde que todo es arbitrario, pero nada azaroso. Y el espectro que queda entre medio es por el que solemos andar. Espectros. El pasado que se rehúsa a ir.

Hasta aquí llego yo hoy. Recuerde tomar el lápiz y continuar la historia. Espero las recomendaciones le sean gratas. Buenas tardes.

El hombre no cultural

El encuentro se había postergado mucho. Era necesario que se vieran ese mismo día. Los misterios del hombre no cultural habían llevado a las investigaciones a los lugares más recónditos. Y oscuros…

Se encontraron en el café de los matemas, a la hora de siempre. Pidieron un café cada uno, porque se sabía que a ninguno de los dos le gustaba. No había mejor forma, creían, de despistar a la orden sacramental.

Hay dos formas de esconder algo: o esforzarse para pensar el último rincón donde podría ser buscado, o dejarlo tan en evidencia que lo obvio sea su manto encubridor.

Por ello su idea les parecía brillante: reunirse en el bar de siempre (donde todos usan las medias tres cuartos), a la hora de siempre, en la mesa más visible. Pero el pedir café, creían, era una alteración de la realidad lo suficientemente sutil y grotesca como para que, por absurda, pareciera irreal.

Sabían el minucioso trabajo que hacía la orden. Cada caso que abordaban incluía una reconstrucción exacta de cada escena. Era la persistencia de la costumbre la que hacía que sus perseguidos terminaran entregándose de manera voluntaria pero inconsciente.

Ese café, habían reflexionado el día anterior, será el detalle que derrumbe la reconstrucción de la orden. Ese pequeño hecho contradictorio implosionaría  en el medio de su idiosincrasia.

-¿Cómo estás?

-Tuve un sueño perturbador. Soñé que era una tortuga que cargaba un espejo en el caparazón. Todos mis conocidos se reflejaban en mí.

-¿Vos creés que lo hemos llevado muy le…?

-No lo sé, -interrumpió-. Pero no soporto la idea de ser un reflejo de lo que me rodea.

-Tengo avances importantes que contarte…

De golpe, el bar se estremeció. Por un momento su mesa absorbió toda la tensión en el ambiente, hasta que siguieron disimulando como si nada pasara.

-…pero charlemoslo en el laboratorio.

-¿Desean pedir algo más?

-Eeh… No, la cuenta por favor.

-¿Me recuerda su pedido?

-Dos te-….

-Dos cafés – interrumpió bruscamente.

En los ojos del barista se vislumbró un leve destello de complicidad.

-Al final – le dijo el día siguiente al que atendía la caja -, todos terminan cayendo.

Lo natural

Lo había visto en la tele, en un documental. El tigre caza porque es su naturaleza. Es natural. Lo entendía. Es más, le parecía obvio. ¿Qué otra cosa, a parte de la naturaleza y sus instintos innatos podría gobernar la voluntad del tigre?

Hay una gacela. Ahí. Había una gacela. Si hubiera habido un conejo, sería un ex conejo. Si habría, en cambio, un condicional, ¿quién lo usaría adecuadamente? Ni la tigre, ni yo. No porque no quiera, sino porque no está en mi naturaleza. Lo siento, no vine con esa configuración.

O al menos él lo creía así. Si al tigre le pasa, ¿por qué no a otros del feudo animal? Lo había visto en un documental. Y lo había confirmado en internet. Me parece suficiente carga de verdad como para dar por cierto algo. O al menos a él le parecía así. ¿Y qué más da? Él, no sé. Tal vez dé algo más. El problema de la literalidad es cuando se la toma como metáfora. Menuda resaca para aquel que se lo bebe tan a pecho.

O cuando se entiende un sentido literal de la literalidad sin dar cuenta de que eso es lo metafórico. La palabra, como categoría, es en sí misma metáfora. Y cuando queremos señalar lo puramente singular, o se calla o se dice algo totalmente incomprensible. Dentro de lo singular no queda nada. O sólo un también de propiedades, mas estas son lo común.

Lo natural. La naturaleza, como sujeto. La armamos. Le damos individualidad. La culpamos. Ella (¿ella?) le hace hacer a lo que gobierna, lo que se le antoja.

El tigre hizo eso por la (su) naturaleza. Porque ahora naturaleza es también sujeto también propiedad. De la tigre en este caso, y la que guía su acción. Le exime de culpa y cargo. ¿Y la gacela? Asesinada. Pero fue su naturaleza. No es ella la culpable, sino la propiedad que en el tigre se encuentra y se hace carne.

La tigre está apenada, no quiere haber matado a la gacela. Hasta le resultaba simpática. Y ese no querer haber matado se traduce en culpa. Quisiera renunciar a su naturaleza. No se la aceptan. Dicen que si el tigre renuncia a su naturaleza, renuncia a sí mismo. No queda tigre por fuera de su naturaleza.

Pero el hecho de haber matado lo aterra. Quiere sacarse esa propiedad de sí. Teme que su culpa le haga ir en contra de su naturaleza. De sí mismo…

Apaga la tele. Los programas de ese canal a la madrugada, piensa, siempre terminan con cosas raras. Son antinaturales. ¿Por qué la saña, tan lejos del ius-naturalismo que hemos quedado? No lo sabe. Ni le interesa, ni lo ha ido a buscar.

Pero por más vieja que sea, sigue presente y vigente. Y su vigencia se da en su operabilidad: actúa de facto sobre el sentido común. Forma opiniones y juicios de valor. Naturalmente.

Activa el despertador. Mañana será un día largo. Una lástima cambiar horas de sueño por ese video documentado. Si fuera gacela, mañana no estaría tan atenta. Pero, tal vez, piensa, siendo el tal vez lo que piensa y no que tal vez piense, que si la tigre se ocupara de sus problemas de identidad, hasta pudiera ser que mañana no necesite correr, y se pueda ocupar de sus cursos de lengua, donde estaba aprendiendo a usar el condicional.

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