El hombre no cultural

El encuentro se había postergado mucho. Era necesario que se vieran ese mismo día. Los misterios del hombre no cultural habían llevado a las investigaciones a los lugares más recónditos. Y oscuros…

Se encontraron en el café de los matemas, a la hora de siempre. Pidieron un café cada uno, porque se sabía que a ninguno de los dos le gustaba. No había mejor forma, creían, de despistar a la orden sacramental.

Hay dos formas de esconder algo: o esforzarse para pensar el último rincón donde podría ser buscado, o dejarlo tan en evidencia que lo obvio sea su manto encubridor.

Por ello su idea les parecía brillante: reunirse en el bar de siempre (donde todos usan las medias tres cuartos), a la hora de siempre, en la mesa más visible. Pero el pedir café, creían, era una alteración de la realidad lo suficientemente sutil y grotesca como para que, por absurda, parezca irreal.

Sabían el minucioso trabajo que hacía la orden. Cada caso que abordaban incluía una reconstrucción exacta de cada escena. Era la persistencia de la costumbre la que hacía que sus perseguidos terminaran entregándose de manera voluntaria pero inconsciente.

Ese café, habían reflexionado el día anterior, será el detalle que derrumbe la reconstrucción de la orden. Ese pequeño hecho contradictorio implosionaría  en el medio de su idiosincrasia.

-¿Cómo estás?

-Tuve un sueño perturbador. Soñé que era una tortuga que cargaba un espejo en el caparazón. Todos mis conocidos se reflejaban en mí.

-¿Vos creés que lo hemos llevado muy le…?

-No lo sé, -interrumpió-. Pero no soporto la idea de ser un reflejo de lo que me rodea.

-Tengo avances importantes que contarte…

De golpe, el bar se estremeció. Por un momento su mesa absorbió toda la tensión en el ambiente, hasta que siguieron disimulando como si nada pasara.

-…pero charlemoslo en el laboratorio.

-¿Desean pedir algo más?

-Eeh… No, la cuenta por favor.

-¿Me recuerda su pedido?

-Dos te-….

-Dos cafés – interrumpió bruscamente.

En los ojos del barista se vislumbró un leve destello de complicidad.

-Al final – le dijo el día siguiente al que atendía la caja -, todos terminan cayendo.

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Lo natural

Lo había visto en la tele, en un documental. El tigre caza porque es su naturaleza. Es natural. Lo entendía. Es más, le parecía obvio. ¿Qué otra cosa, a parte de la naturaleza y sus instintos innatos podría gobernar la voluntad del tigre?

Hay una gacela. Ahí. Había una gacela. Si hubiera habido un conejo, sería un ex conejo. Si habría, en cambio, un condicional, ¿quién lo usaría adecuadamente? Ni la tigre, ni yo. No porque no quiera, sino porque no está en mi naturaleza. Lo siento, no vine con esa configuración.

O al menos él lo creía así. Si al tigre le pasa, ¿por qué no a otros del feudo animal? Lo había visto en un documental. Y lo había confirmado en internet. Me parece suficiente carga de verdad como para dar por cierto algo. O al menos a él le parecía así. ¿Y qué más da? Él, no sé. Tal vez dé algo más. El problema de la literalidad es cuando se la toma como metáfora. Menuda resaca para aquel que se lo bebe tan a pecho.

O cuando se entiende un sentido literal de la literalidad sin dar cuenta de que eso es lo metafórico. La palabra, como categoría, es en sí misma metáfora. Y cuando queremos señalar lo puramente singular, o se calla o se dice algo totalmente incomprensible. Dentro de lo singular no queda nada. O sólo un también de propiedades, mas estas son lo común.

Lo natural. La naturaleza, como sujeto. La armamos. Le damos individualidad. La culpamos. Ella (¿ella?) le hace hacer a lo que gobierna, lo que se le antoja.

El tigre hizo eso por la (su) naturaleza. Porque ahora naturaleza es también sujeto también propiedad. De la tigre en este caso, y la que guía su acción. Le exime de culpa y cargo. ¿Y la gacela? Asesinada. Pero fue su naturaleza. No es ella la culpable, sino la propiedad que en el tigre se encuentra y se hace carne.

La tigre está apenada, no quiere haber matado a la gacela. Hasta le resultaba simpática. Y ese no querer haber matado se traduce en culpa. Quisiera renunciar a su naturaleza. No se la aceptan. Dicen que si el tigre renuncia a su naturaleza, renuncia a sí mismo. No queda tigre por fuera de su naturaleza.

Pero el hecho de haber matado lo aterra. Quiere sacarse esa propiedad de sí. Teme que su culpa le haga ir en contra de su naturaleza. De sí mismo…

Apaga la tele. Los programas de ese canal a la madrugada, piensa, siempre terminan con cosas raras. Son antinaturales. ¿Por qué la saña, tan lejos del ius-naturalismo que hemos quedado? No lo sabe. Ni le interesa, ni lo ha ido a buscar.

Pero por más vieja que sea, sigue presente y vigente. Y su vigencia se da en su operabilidad: actúa de facto sobre el sentido común. Forma opiniones y juicios de valor. Naturalmente.

Activa el despertador. Mañana será un día largo. Una lástima cambiar horas de sueño por ese video documentado. Si fuera gacela, mañana no estaría tan atenta. Pero, tal vez, piensa, siendo el tal vez lo que piensa y no que tal vez piense, que si la tigre se ocupara de sus problemas de identidad, hasta pudiera ser que mañana no necesite correr, y se pueda ocupar de sus cursos de lengua, donde estaba aprendiendo a usar el condicional.

De cafés

Marco general.

Dada la longitud de esta entrada, y sabiendo su diferencia de extensión con las anteriores, ubicaremos la primera parte en el prólogo y la segunda en la historia. (esperemos que los lectores que continúen leyendo de aquí para adelante o no se den cuenta, o tengan un olvido a mano para tomarlo a su favor y no como perjuicio, como suele suceder con pequeñas desgracias cotidianas de una llave, un paraguas [ya se ha discutido], y demás elementos).

Prólogo.

Situación en un café

  • Buen día señor, ¿qué tomará?
  • Lo de siempre.
  • ¿Malas decisiones?
  • Con dos de azúcar.

Va hasta el mostrador. Habla con la mujer que está detrás de la barra. Comienzan a levantar la voz. Gritan.

  • Disculpe señor, no le podemos servir eso.
  • ¿Cómo así?
  • Dice la encargada que es demasiado cliché.
  • ¿Y un café podría ser, en cambio?
  • Sí, un café sí. ¿Cortado o en jarrito?
  • ¿Y cuál sería la diferencia?
  • Que el cortado tiene una…
  • No, no. La diferencia entre el cortado y el jarrito la sé. La diferencia entre pedir malas decisiones y un café, señor simpatía.

De fondo escuchan a un forastero, porque todos los no asiduos concurrentes de los bares lo son, hablar con otro mozo. Le pide un té sin crema. Ridículo, piensan los dos personajes que miran la escena de lejos y comparten entre sí una mirada de complicidad. Todos saben ya que en este bar no hay crema.

Al levantarse el forastero indignado y dirigirse sobre sus pasos (en misma dirección pero sentido contrario), los allí-habientes lo acribillaron con las y sus miradas. Intruso.

El mozo vuelve hasta el mostrador. Habla con la mujer que está detrás de la barra. Comienzan a levantar la voz. Gritan.

Historia.

  • La diferencia es que ese diálogo del comienzo es un plagio, cualquiera puede darse cuenta.
  • Ah, claro, ¿cómo no lo he visto?
  • Es que no se puede ver, señor. Es conceptual.
  • Era una expresión. E irónica. Pero entiendo que en un diálogo escrito sea difícil entonar lo que se dice.
  • Está pronunciando mal los tres puntos suspensivos.
  • Eso es ridículo.
  • Más ridículo será usted, que lo hace mal.
  • Ahí está mejor.

Se miran. Miran para ambos costados con los ojos apenas cerrados. Se vuelven a mirar. Saben que un diálogo mal actuado es un diálogo poco creíble. Y un diálogo poco creíble los hace poco creíbles a los personajes. Es por ello que lo que está en juego siempre es más relevante para los personajes que lo actúan que para el autor que lo escribe. Por eso hay tantos diálogos mal logrados. Si el personaje fuera el encargado de escribirlos, y el autor el encargado de actuarlos, tendríamos diálogos mejor elaborados y peor actuados. Que es lo mismo.

  • ¿Acaso el café es una invención de este bar?
  • No.
  • ¿Y ud me echa en cara que pedir malas decisiones es tomar una idea ajena, pero no pedir un café? Es lo mismo.

Se miran. Se miden. 1,80 uno, 1,67 el otro. El bar los mira absorto. ¿Qué hacen estos dos especímenes midiéndose? O mejor aún, ¿qué hace un bar, como si fuera una entidad observadora, mirándolos medirse sin entender la metáfora de la expresión? O peor aún, ¿cómo se divide dicha diferencia de altura? Propongo que el primero sea 6 centímetros más alto y el segundo siete más bajo, para que sumen los 13 de diferencia. Así, podríamos no acusar a uno sólo de ser el portador de la discrepancia y repartirla entre sus dos culpables, dejando el centímetro más importante sobre el más perjudicado.

La mujer que estaba detrás del mostrador al ver la tensión que despedía semejante encuentro decide acercarse.

  • Señor, ¿cómo le va? Una cosa es pedir una idea, como su pésimo y repetido pedido primero; y otra cosa es pedir un café. Sí, la idea de café es de la misma categoría que pedir malas decisiones. Son, ambos, conceptos. Pero el café presenta su singular en cada uno de estos jarritos donde lo servimos. Así que pida algo de lo que hay en esta carta o retírese. Y deje ya de atormentar al mozo, que sólo quiere hacer su trabajo.
  • Está bien. Un café singular en jarrito. Porfa.

En el mostrador se encuentran la mujer y los dos mozos.

  • Qué día hoy…

La Asamblea General Parágüica

Asamblea General Parágüica,

Algún aquí, ahora e intesidad determinados.

Se ha buscado plantear, de manera maliciosa y mal intencionada, la ya sabida falsa dicotomía entre forma y contenido. Perversas son esas argumentaciones que pretenden instalar aquella distinción.

Son bien actuales las dicotomías. O han sido. Tanto es así que su contemporaneidad es propiedad de la historia. Pero de la historia pasada. No de la presente. Y tampoco de la que vendrá.

Y no hay nada más viejo que la historia pasada, que siendo ya parte de la historia no puede siquiera ser contada en el presente más que como algo muerto. Esa es la contemporaneidad del pensamiento dicotómico.

Los dicotomas han dominado al pensamiento general por largos períodos de mentalidades, que es la unidad de medida de las estratagemas del pensar a lo largo y ancho del tiempo. Pero no sólo hay que batallar contra los contemporáneos, sino también contra aquellos muertos que se rehúsan a morir. Como seres inanimados conducidos por la fuerza de la historia pasada, buscan hacerse historia presente. La fuerza de las costumbres. Aquella prensa que aprieta lo cotidiano e intenta moldear el presente en sus formas pasadas.

La fuerza de los dicotomas radica no solo en la persistencia de las costumbres sino también en la facilidad que presenta el pensar en categorías estáticas y definidas. Como si el concepto no tuviera presente. O historia. Que es lo mismo.

Y víctimas como somos de los pensamientos pretéritos, o de los prensamientos, tampoco escapamos tan fácil del dicotoma de la doble dimensión. Que si bien no es un excluyente como la definición primera lo sostiene, sí es un dicotoma ampliado[1]: tiempo y espacio aparecen como el dúo necesario y exhaustivo par que una situación sea experienciable, como condición necesaria para una existencia.

Es así que esta Asamblea General propone abandonar estas limitadas, limitantes y limítrofes formas duales de pensar para añadir, de manera arbitraria y temporal (como lo es todo en el lenguaje en sí, y por tanto toda forma de conocer) una tercera dimensión a considerar: la intensidad, tal vez la más relevante de las cuatro (tiempo, espacio y el tercero excluído)[2].

Así como la individuación, que requiere un ser que sea capaz de diferenciarse del medio para constituir un yo, una individualidad, y que reconozca a un semejante para diferenciarse. O sea, una dualidad de tres aspectos. El concepto, así, tiene no sólo un aquí y un ahora, sino también una intensidad, que es la que determina la concentración de ese sustantivo experienciable.

Siendo esto así, hemos dejado los paraguas de ser filosos, por el peligro que aducían los usuarios que presentábamos para con los demás transeúntes (imagínese, lector, que hoy día ya es peligroso andar desatento un día de lluvia, por miedo a perder un ojo o similar), y agrengado poco más (un ló bien ubicado) hemos decidido ser filósofos, creyendo más en la potencia del concepto que en la acción cotidiana (mayoritariamente en los días de lluvia, muy a nuestro pesar) de los daños que podríamos realizar siendo filosos, como es el escribir eternas frases que el lector (como está siendo Ud víctima en este momento) tenga que releer unas tres o dos veces para lograr entender el sentido y la dirección del párrafo, que como (en) la física inicial, no se logra entender el punto, o la línea, o la función. Así las cosas, y con nuestra fe ciega (¿acaso hay otra?) decidimos iniciar la batalla conceptual como guía para la acción práctica.

Siendo este el orden y no otro, nos manifestamos en contra de las dicotomías lluvia/sol, frío/calor, fundamentalistas del paragua / militantes de su olvido. La conclusión necesaria de esta declaración de principios es que nos manifestamos en contra de nuestro uso (y abuso) los días de lluvia y de sol, debido a que problemas más urgentes y relevantes (e intensos) necesitan una solución, siendo mucho más relevante que un poquito de agua sobre sus cabezas y ropas [no es necesario que anden atortugados entre sus hombros cada vez que llueve, y pocos son sus efectos].

Léase, notifíquese, arremolónese y archívese.

 

La Asamblea General Parágüica.


 

Y así, la Declaración de la Asamblea General fue cajoneada y ninguneada por todos.

[1] Entiéndase como dicotoma ampliado a la conjunción de dos dicotomas dentro de uno.

[2] Sí, a los paraguas se les da mejor los filosomas que los matematos.

Sobre la Cuestión Parágüica

La lluvia a los paraguas los hace llorar. No la lluvia en sí misma, como si fuera obra de un poder místico. Sino la lluvia cuando les cae encima.

Nunca me olvidaba de olvidarme mi paraguas cuando llovía. Por eso nos llevábamos bien. O, mejor dicho, él me apreciaba. Porque uno siempre quiere a sus paraguas, lo difícil es que sea recíproco.

Imagínese usted, víctima y cómplice de estas líneas, cómo le caería alguien que lo saca a pasear sólo cuando llueve, sólo cuando se amerita una siesta. Yo también le odiaría. A usted y al clima. Pero a usted sobre todo. Y seguro que el sobre todo también. Nada personal.

Y por favor no me denuncie de mala praxis. Porque yo podría acusarlo también por lo mismo. En su caso, de no ser capaz de cumplir su rol de víctima de estas líneas y convertirse en abandonador de historias inconclusas, título no menos prometedor pero sí menos meritorio.

Pero volvamos al argumento. A los paraguas, muy distinto a lo que se cree o se intenta instaurar desde las grandes paragüeras, les gustan los días nublados y templados. Las lluvias, como decía (dijimos [decíamos]), cuando les caen encima los angustian y los hacen llorar. Algunos han sugerido que deben usarse para cubrirse del sol. Peor aún. El sol los deshidrata. Ni llorar pueden.

Es por ello que luego de la Asamblea General Parágüica, porque si hay algo que son los paraguas es organizados, y luego de establecer sus principios rectores (sí, también son principistas), se los acusó de inservibles.

La Secretaría del uso de paraguas, que depende del Ministerio del Sentido Común y las Buenas Costumbres (MSCBC), atendió los reclamos de las grandes paragüeras -que se sabe el cartel que forman de manera ilegal y nadie hace nada al respecto- y estableció que los paraguas “deben cumplimentar un fin útil y fidedigno a la sociedad, independientemente de lo que sea su voluntad, ya sea común o de la propia subjetividad de cada”.

La moraleja podría ser que cuando el lobby de las grandes empresas congenia con el Estado, poco lugar queda para las agrupaciones de base. O que no importa lo que te gusta, sino para lo que te usan. O tal vez que la lluvia no es tan grave como para andar escondiendo la cabeza entre los hombros o exponiendo a los paraguas. O, quizás, que la solución al problema humeano de la inducción es un problema conceptual. (Siempre me pareció que las moralejas daban un salto mortal al vacío en relación a la historia que las precedía y a las conclusiones a las que llegaban).

Reuniones

Era un día como cualquier otro, pero siempre más parecido a sí mismo. En la casa, Gustavo no tenía nada. En la heladera sólo había vacío. De los más vacíos: el existencial. En el freezer, en cambio, vacío y molleja.

[Es recomendable que esté presente el protagonista siempre que se escriba una historia. A su vez, más cómodo y más adecuado a las buenas costumbres. Una historia como excusa. Porque lo importante no es la historia, sino el cómo es contada. La forma.]

Siendo esto lo importante, el contenido deja de ser relevante. Es ahí cuando abandonamos la historia, que bien ha hecho en traernos hasta acá, para que ahora la forma se vuelva contenido. La forma es lo contenido por sí misma.

Por ello Gustavo se fue para el café. Esos días que eran como cualesquiera otros, pero siempre más parecidos a sí mismos, se juntaban él y otros a tener reuniones. Porque para tener reuniones siempre es necesario de un(os) otro(s). Ellos, al menos, no concebían otra forma. U otro contenido. ¿Qué ocurre cuando una fuerza imparable se encuentra con un obstáculo insuperable? Ese era el tópico del día. La solución que acordaron fue que estaríamos en un punto de reposo, y que lo que colapsaba era el concepto. Porque al final del día, lo que importan son los consensos y no la verdad. O mejor dicho, la forma de la verdad está en el consenso.

Una cosa le sorprendía, o le hacía sorprender ¿Por qué se escribe ahora todo junto? Economía de espacios. “Es espectacular”, pensaba. “O mejor dicho es pectacular, para no ser redundante de ‘es’”. Para no ser edudante.

En la repetición están los problemas. Si todas las situaciones fueran únicas, no podríamos hablar de nada. O hablaríamos de nada. Lo singular le escapa al lenguaje, al igual que la historia a lo universal.

Mientras tomaba su café, Gustavo pensaba “si la historia es circular, de nada sirven los museos”. Museos. Le sonaba a viejo. A historia muerta. Cuando volvió a la reunión el tema había dado una vuelta de 360°. Uno podría decir que entonces se encontraba en el mismo punto. Pero no, porque ese nuevo punto tenía historia. Circular, claro.

“Por fuera se parece a un zapallo. Por dentro, lo es. Por fuera hay todo lo que no es zapallo. Por dentro, todo lo que es zapallo. Lo que no queda claro es aquello que indica donde termina el zapallo y dónde empieza lo que no es”. Gustavo se sintió un poco confundido. “¿Dónde reside la zapallocidad propia del zapallo, aquello que lo convierte en tal y lo diferencia de lo otro?”

Camino a su casa, tomó un taxi. “Los antibióticos no hay que cortarlos. Los dedos tampoco. Las uñas, en cambio, sí”. Había algo en el tono del taxista que lo perturbaba. Por las dudas, pensó, no cortaré ni mis uñas ni mis dedos hoy.

Alberto Muchasiesta

Uno escribe. ¿Escribe para quién? Escribe para un otro. Y no podría ser de otra norma. Horma. Forma, perdón. Puede jamás ser leído. Puede el escribiente impedir ferozmente su lectura.

Pero si fue escrito, fue para un otro. Puede aquel extirparse las líneas como tumores. Puede expulsarlas de su cuerpo como agentes externos. Puede hacerlo como necesidad de supervivencia.

Y no importa si aquel destinatario puede llevar a cabo tamaña tarea. Como la Eterna con Macedonio. Pero el escribir, es siempre escribir para un otro.

[Sí, también vale eso. Puede ser escrito para uno mismo en otro momento. Por tanto, para un otro. No, eso no. No puede ser escrito para un nadie. Pero sí para una ausencia. Porque la ausencia no es la nada, sino la nada determinada. Una ausencia implica un otro.]

Alberto era muy particular. Tan particular que casi nada se podría decir de él. Una vez fue a un café. Pidió un té sin crema. Imposible. Aquí no tenemos crema. El bar que tiene crema es el de mitad de cuadra. Le dijo el atendiente, claro. Extrañado, rascó su cabeza. Pero era verdad.

Se encaminó hacía el susodicho bar. Tomó asiento cerca de una ventana. Pero no terminó porque no quería beber más.

-Buenos días, ¿cuál es su nombre?

-Alberto Muchasiesta.

-Mucho gusto.

-No. Muchasiesta. Buenas tardes.

Y se fue. No podría permitir tal arrebato. Suficiente había aceptado ya con el tener que encontrar un lugar que tenga crema para poder pedir su té.

Volvió al lugar primero donde comenzó esta historia. Él quería un té sin crema, pero sabía que en ese lugar no existía tal cosa. Entonces tuvo una ocurrencia que tangenciaba su mundo y el del atendiente, un punto en común en el que podían armonizar sus trastornos.

Se enfrentó nuevamente al atendiente, pero esta vez le dijo fuerte y claro “buenos días, tomaré un té” y por lo bajo refunfuñó para un costado “sin crema”. ¿Cómo dijo?. Como escuchó. Pero no le entendí la última… Como escuchó, y me declaro indigno para repetirlo otra vez de forma primera. El atendiente obviamente no entendió ni el susurro ni lo último, pero mucho problema no se hizo. Y le trajo su té sin crema.

Una vez terminado, Alberto se sintió muy cansado. No es menor tomar un té que sea capaz de reunir tamaña tensión, que sea el frágil punto en común de dos mundos mutuamente excluyentes. Fue Alberto el inaugurador de toda una tradición filosófica, que devino luego en las aventuras del gato en la caja. El primer té a secas y sin crema a la vez. Es así. Puede haber sido verdad sin ser cierta.

Uno duerme la siesta. ¿Duerme la siesta para quién? Duerme la siesta para un otro. Y no podría ser de otra norma. Horma. Forma, perdón. Puede jamás ser sabido. Puede el duermesiestente impedir ferozmente su darse a conocer.

Pero si ha dormido la siesta, fue para un otro.

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